17 feb. 2009

¿Y USTEDES PORQUE ME PERSIGUEN?

Los soldados que prendieron a Cristo antes del martirio y que traían órdenes expresas del gobernante romano de turno, quedaron sorprendidos al escuchar las palabras de un varón con brillo y luz que se les adelantó y de frente les dijo: ¿A quien buscan ustedes? Los militares armados con espadas, escudos y lanzas, le respondieron: -A un tal Jesús de Nazaret-. El hombre les contestó: “Soy yo”. Los desprevenidos guardaron silencio por un momento y aturdidos lo secuestraron y lo llevaron ante el sanedrín para torturarlo y finalmente asesinarlo. La historia bíblica no dice que los varones armados llevaran ametralladoras o fusiles y menos que se pintaran los rostros como los demonios de las obras de teatro o las del cine moderno. Algunos documentos cuentan que varios de esos grupos asaltaban a las personas en los caminos y que se ponían tapando sus rostros, una especie de trapo oscuro, para violar, robar y asesinar a los transeúntes que con sus mercancías pasaban por el lugar.

Los discípulos varones que acompañaban al maestro nazareno, estaban asustados al ver la fortaleza del hombre de Belén, que con sencillez, ternura y templanza, se dirigía a los secuestradores armados del emperador sin ningún tipo de temor y voluntariamente se entregaba. Las narraciones dicen que uno de los aliados de Jesús (Pedro), se llenó de fobia y coraje, “sacó su espada” y atacó al soldado que cumplía órdenes y le “quitó la oreja derecha”. El maestro simplemente le dijo: “Pedro guarde la espada”. Inmediatamente del suelo Cristo alzó el órgano y se lo volvió a poner en el sitio al soldado herido.

Los sociólogos últimos se preguntan: ¿Y porqué el imperio estaba disgustado con el Nazareno y cual fue la razón que usaron para llevarlo a la vil e infame muerte?

El imperio veía a Cristo un hombre peligroso a sus intereses. Ni siquiera los sacerdotes de la época hablaban con el pueblo marginado. Los pobres eran despreciados y los pescadores jamás habían sido invitados a las reuniones de quienes se creían dueños de la palabra, ley y libros. Desde entonces se conoce la arrogancia y petulancia de los hombres que se presentaban con sotanas como “religiosos”. Los pobres seguían a Jesús de Nazaret y estaban dispuestos a derribar al imperio si él lo hubiera dicho. Sin embargo armas, normas y riquezas, favorecían a los gobernantes. La tiranía sembraba injusticias y desigualdades. A ellos mismos les molestaba la frase del líder: “Ellos ponen cargas a los hombres pero ni ellos mismos pueden con ellas”.

La palabra amor y justicia revolucionó a la sociedad y a las mayorías que eran atropelladas. Las mismas causaron miedo a los políticos, sacerdotes, hechiceros y filósofos de la época, porque estaban a punto de perder sus dádivas y posiciones. Los comerciantes de armas pensaban que si se lograba el proyecto de paz del que hablaba Cristo, sus negocios se irían al suelo de los desocupados. Quienes mas tenían duda eran los militares. Una vez lograda la paz y la justicia debían ir a sembrar a los campos y/o a producir en las empresas de las ciudades. Los vagos no estaban de acuerdo con las innovaciones del maestro porque les cambiaría la rutina diaria.

El hijo del carpintero nunca perteneció y menos tuvo un grupo armado. Los hombres de paz y quienes han sido escogidos para una labor de vida, jamás se unen a los grupos armados sean legales o ilegales. Jesucristo sabía que al aplicar la justicia con equilibrio social los hombres armados se convertirían en hombres de producción. Los militares, soldados y policías no entendían el querer de Jesús y aún las inteligencias pasan por interrogantes. Jesús habló de bienestar y dio de comer a pobres y hambrientos. También sanó las heridas y los curó de sus enfermedades. Los demonios con Cristo salían del cuerpo de los mortales terrícolas y regresaban al planeta lugar de donde habían salido.

Los ricos odiaban al hijo de María. Estaban molestos con él porque les había dicho: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico o uno de ustedes entre al reino de Dios”. Algunos investigadores creen que Jesús se equivocó al haberse sentado a la mesa de los acaudalados. Los poderosos usaron la mentira para derribar el proyecto de Cristo. Hoy es común la mentira y quienes más la usan son aquellos que tienen los medios para lanzarla al espacio de la comunicación. Los adúlteros estaban enojados con el santo entre los santos porque les decía que hasta con el pensamiento se pecaba. Los indisciplinados y legisladores fueron los mejores voceros el día de los gritos: “Crucifícale, crucifícale”. Varios militares del gobernante, aceptaron con voluntad el proyecto amoroso del nazareno pero no tuvieron el valor de rebelarsen a sus fechorías e injusticias.

Aún se escuchan los murmullos y los disgustos de quienes no quisieron aceptar el proyecto de amor y vida que dio el carpinterito. Han pasado casi dos mil años y todavía él se pregunta: ¿Y usted porqué me persigue?

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