9 mar. 2009

ENFRENTAMIENTO CON SATANAS

A finales del año 2001, hice contactos con unos ciudadanos de una pequeña ciudad, para comprar una fina y confortable camioneta. Conseguí una de color rojo escarlata con fuerza y excelente velocidad. Me gusta la velocidad de los vehículos y no le temo a su exceso pero aprendí de Dios a conducir con prudencia. No niego que disfruto de las carreras. El carro tenía doble transmisión y cabina sencilla. Modelo 2000. Me reservo el nombre de la casa fabricante para evitar propaganda. Esa es una de las mejores que han salido al mercado automovilístico y de las que he conocido. Organicé viaje a otra urbe cercana a la frontera, para encontrarme con un sacerdote de la misma organización religiosa a la que represento en la tierra. El vehiculo lo llevaron a la casa parroquial un jueves en las horas de la tarde. El vendedor me lo entregó y junto a él lo probé dos horas sobre las autopistas. La fuerza era superior a la imaginada y se veía en excelentes condiciones. El mecánico de confianza dio el visto bueno y todo quedó dentro del documento. Acordamos experimentarlo con ese viaje programado a 420 kilómetros de distancia. Le dije al joven seminarista Ninson González-Ortega, que me acompañara en el recorrido. Dios me había manifestado que mi hermano espiritual sacerdote a quien visitaría moriría pocos meses después. En visión tuve la fecha y la hora exacta de la partida de mi difunto hermano de Iglesia. De cierta manera quería despedirme de él y así sucedió. Esa fue la última vez que nos vimos en vida. Dios me permitió estar en su entierro y cristiana sepultura unos pocos meses después.

Al siguiente día de recibir el automotor, me levanté de la cama muy temprano (3.30 a. m.,). Hice mis oraciones acostumbradas, bañé mi cuerpo. Me tomé una bebida caliente aromática y preparé un buen desayuno. Me dispuse a tomar la ruta del viaje preparado el día anterior. El seminarista llegó a las 5.00 de la mañana junto a la dama mayor Doña Julia. Aquella mujer que me cuidaba y la misma que me ayudaba en la casa parroquial con ciertas tareas del hogar. Me dirigí al carro y durante más de 30 minutos intenté prender su encendido y la camioneta no respondió. Un coche nuevo y en buen estado causó extrañeza ese comportamiento del motor. Muy temprano llame de nuevo al mecánico y como pudimos logramos poner en marcha su motor. Tomé la decisión de no permitir la compañía del joven estudiante. Convenimos que se quedara mejor cuidando los predios de la organización. Logré tomar el volante a las 8.30 a. m., de ese viernes. A toda velocidad subí la cuesta y la montaña a 110 kilómetros por hora. A las 10.00 de la mañana atravesé el frío y helado páramo. Debía llegar a mi destino final a las 2.30 de la tarde del mismo día. Llevaba puesta una blanca “ruana” confeccionada en lana virgen de esas que tejen nuestros aborígenes criollos. Creo haber logrado 120 kilómetros por hora cuando conduje ya sobre el plano de la montaña. Consumí suficiente agua en el trayecto e hice varias paradas en la carretera por mis necesidades humanas.

El “puente angosto” lo divisé a 80 metros de distancia. Iba a gran velocidad cuando sentí y vi que el automotor hizo un fuerte salto por el aire y rompió la gravedad. Creo haber volado por encima de la tierra 15 metros sobre la autopista. Nunca perdí de vista el puente. La camioneta estuvo sin control por lo menos entre 20 y 25 segundos. Cualquier carro en la misma situación al tomar de nuevo el suelo, sus llantas se hubieran estallado y se hubiera presentado un fatal accidente. Sentí un raro vacío y un terrible escalofrío. La camioneta en vez de seguir de frente la misma ruta al caer al piso, dio una semi vuelta impresionante antes de tocar el suelo y giró por lo menos 120 grados a la derecha estando en el aire. El frente del carro se incrustó sobre unos gruesos arbustos. La trompa del motor quedó metida a unos 4 metros de la carretera. Recuerdo haber visto 12 árboles viejos de pino. Estaban ubicados en forma simétrica mirando al precipicio del monte alto en forma de caída.

Al instante salió un hombre pequeño de estatura y fumando un tabaco de gran tamaño. Pude contar unos 3 mil hombrecitos más pequeños que él y con la misa contextura física. La apariencia del ser era de un varón-macho. Tenían tosquedad sus movimientos y su apariencia era envejecida. El gran Satán como lo presencie no es una mujer es un varón. Entiendo ahora con más claridad porque la única que trae vida a la tierra es la mujer. Satanás es masculino. Su estatura no pasaba de un metro. Los seres que lo acompañaban no excedían los 15 centímetros. Los diablillos que estaban con él no tenían la forma física del sexo que uno observa en las mujeres o en los varones. Eran asexuados casi amorfos. Observe que todo el tiempo se reían y cruzaban sus piernas como bailarines de valet. Al lado de los hombrecitos habían unos animalitos diminutos tan grandes como ardillitas en miniatura. Muy parecidos a los cerdos y con orejas grandes como las del burro. Sorprendido me baje de la camioneta y creí haber muerto.

Pensé que la escena era consecuencia del posible accidente. Al mirar dentro del vehiculo vi a dos seres de luz. Eran Ángeles que vestían ropa de color amarillo fuerte y celeste. Podían ser jóvenes varones entre los 22 y 25 años de edad. Me llené de valor. Perdí el miedo aunque mis piernas no tenían la misma fuerza acostumbrada. Confundí la presencia de ellos con mortales terrícolas enanitos. Me sentí acompañado como de un ejército invisible de ángeles desde mi interior. Tomé valor desde mi fe. El ser maligno me debilitó las fuerzas físicas.

Mateo 4 expresa: “1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. 2 Y después de haber ayunado cuarenta Días y cuarenta noches, tuvo hambre. 3 El tentador se Acercó y le dijo: --Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. 4 Pero él Respondió y dijo: --Escrito Está: No Sólo de pan Vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 5 Entonces el diablo le Llevó a la santa ciudad, le puso de pie sobre el Pináculo del templo, 6 y le dijo: --Si eres Hijo de Dios, échate abajo, porque escrito Está: A sus ángeles Mandará acerca de ti, y en sus manos te Llevarán, de modo que nunca tropieces con tu pie en piedra. 7 Jesús le dijo: --Además Está escrito: No Pondrás a prueba al Señor tu Dios. 8 Otra vez el diablo le Llevó a un monte muy alto, y le Mostró todos los reinos del mundo y su gloria. 9 Y le dijo: --Todo esto te daré, si postrado me adoras. 10 Entonces Jesús le dijo: --Vete, Satanás, porque escrito Está: Al Señor tu Dios Adorarás y a él solo Servirás. 11 Entonces el diablo le Dejó, y he Aquí, los ángeles vinieron y le Servían.”


El engendro sonrió con tranquilidad y cinismo extremo. Sus dientes eran de oro puro (Conozco muy bien y se diferenciar el de 18 kilates). Algo maravilloso brillaba como si tuviera algunos diamantes dentro de su boca. Al diablo mayor de todos y quien dirigía el dialogo con este humilde siervo de Dios, no le observé orejas. Al comienzo me conquistó como amigo y me dejé seducir. El habló en un lenguaje al que le pude entender mentalmente o por códigos numéricos. Usa una comunicación extrasensorial como virtual digital. Me habló como si me conociera tiempo atrás y fuera uno de mis grandes amigos de confianza. Esto me dijo: “Amigazo tu eres una persona interesante y quiero ofrecerte mi amistad y cariño. Desde hoy te daré poder para que aumente tu talento, fortuna y amistades.” Me lanzó 3 sacos con billetes que no eran los de mi país (En ese momento no conocía con exactitud los billetes de dólar).

En mi experiencia como empleado de una entidad británica, tuve la oportunidad de tener dinero estadounidense y británico en mis manos. Nunca supe diferenciar la representación del dinero extranjero. Además estaba muy joven cuando trabaje allí con esa entidad y nunca me ha interesado la riqueza. Hoy en día se que eran billetes gruesos de buen dólar. “Te puedo dar lujo y una mejor camioneta. Esa que traes es chatarrita. Tú mereces algo mejor y de calidad. Tengo poder para hacerte el hombre más rico de esta nación. Debes reconocer mi amistad y mi liderazgo como tu confidente.”

Tuve una prueba muy terrible con mi vida. Traté de decirle que necesitaba sus joyas y su dinero para las obras con los pobres a quienes había dejado con hambre cerca de lo que hacia de parroquia. El ser sabia de mis pensamientos y escuchaba mis reflexiones. Me dio dolor de estómago y ganas de vomitar. Continuaba hablando el gran Satán: “Tu no estas muerto. Estas vivo y no has tenido ningún accidente. Hoy te he cuidado. Soy tu amigo y te he ayudado a pasar este momento tenebroso. Si no hubiera estado aquí ya hubieras muerto. Mis aliados han sostenido tu vehiculo para que no se haya producido un hecho nefasto con tu vida.” Los diablillos se movían en forma extraña y hablaban entre ellos sin algarabía. “Si tu no aceptas mi amistad mataré a tus amigos. Robaré las esposas a tus aliados sacerdotes” me dijo. Perdí fuerza en mi voz y creo haber estado pálido. Estuve frente al ser como un idiota o títere. No estaba preparado para el acontecimiento y además ningún mortal terrícola espera ver otros seres cerca. Marcos 4 escribe: “18 Y otros son los que son sembrados entre espinos. Ellos son los que oyen la palabra, 19 pero las preocupaciones de este mundo, el engaño de las riquezas y la codicia de otras cosas se entrometen y ahogan la palabra, y queda sin fruto”.

Recordé las enseñanzas recibidas de un gran amigo mortal terrícola humano especial que tuve durante muchos años en esta existencia. Las frases del Reverendísimo Alfonso Maria Pinilla-Cote, llegaron para auxiliarme. Las mismas que él tomó del Libro sagrado para transmitírmelas. El fue mi gran amigo y confesor durante muchos años. Le contaba esas cosas y situaciones que no se deben guardar dentro del corazón humano. Confesaba mis penas y penurias de joven por teléfono a 1.500 kilómetros de distancia de él. A veces por la lejanía a través de cartas. Siempre hizo parte de la organización: Iglesia Católica Romana.

El pasó por esta tierra siendo un ser de luz y sin tropiezos. Los sacerdotes jóvenes lo expulsaron de su tierra natal en un mal momento. Su institución lo despreció al final de esos largos años de soledad en la capital del país. Murió sin amigos y sin Iglesia. Recordé la enseñanza: “Porque cada árbol es conocido por su fruto; pues no se recogen higos de los espinos, ni tampoco se vendimian uvas de una zarza. El hombre bueno, del buen tesoro de su Corazón, presenta lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su Corazón, presenta lo malo. Porque de la abundancia del Corazón habla la boca”.


Le dije al gran Satán: En el nombre de Jesús de Nazaret que quiere de mí. Sepa que soy un hijo de Dios. Mi fe y mi trabajo son con la sabiduría del Todopoderoso. Tengo la protección de Mi Señor y Dios”. Luego expresé con fuerza la oración aprendida. El demonio se alborotó y abrió su bocota como un monstruo gigante. Con dificultades pude llegar a la puerta de la camioneta y le lance las tres armas que siempre llevo en mi equipaje de mano. El diablo se retorcía como culebra. Los diablitos tomaron el tamaño del mayor. Los animalitos parecidos a los puercos lanzaban aullidos y sonidos escalofriantes. Mis oídos me empezaron a doler y mi cabeza reventaba de ruidos. Tuve angustia existencial. Al comienzo estuve algo confundido y perturbado. Una vez supe a quien me enfrentaba tuve valor y coraje para pelear con esa energía sobrenatural. Sentí que se desprendía sangre de mis oídos y que se reventaban mis venas.

Por momentos en la lucha contra el mal, mis ojos no respondían. Sólo vi una neblina gris. Capas gelatinosas como escamas sentí sobre mis dos ojos. Una escarcha como si fuera lodo caliente rodó por mi cuerpo. Me produjo alergia y rasquiña. Levante los brazos al cielo y clamé a Dios protección. Traté de caminar hacia el abismo de la montaña para acercarme más a la figura del demonio. De pronto los árboles de pino me lanzaron un suave aceite que se regó por mi piel. Tuve la impresión de ver a los árboles de pino interactuar con mi ser. Esos me ayudaron en la batalla. Los vi moverse como si quisieran destruir al maligno. Creo que mis oraciones eran como gritos pero a veces perdían volumen. Escuché varias veces como si al motor de la camioneta alguien le estuviera dando arranque. Un fuerte viento me sacudió como caucho y me lanzo al suelo. El ser que enfrenté se evaporó en el aire. Se convirtió en una espesa neblina. El se metió a la tierra por debajo de los pinos. El ser que salió a mi paso no subió a las alturas.

Cuando los campesinos de la región llegaron a socorrerme eran las 4.00 de la tarde. Había estado luchando en el mismo lugar por lo menos 5 horas contra la pequeña figura. Me encontraron tirado sobre los arbustos e inconciente. La puerta del vehiculo estaba abierta. El automotor estaba intacto y sin un rasguño. Mi cuerpo tenía muchos hematomas y varias heridas leves como si me hubieran pasado uñas afiladas. Los pobladores me rescataron. Un tractor sacó el vehiculo del matorral. Sentí hambre espantosa. Tuve sed como si durante 30 días no hubiera bebido agua. Había tenido una experiencia de sed semejante pero no en el número igual de días. La lucha duro unas largas horas. Me llevaron a un restaurante. Me preguntaron si quería continuar el viaje. Les dije que no se preocuparan. A ellos no les narre el episodio y ellos creyeron que mi estado era por el salto que dio el carro cerca del abismo.

Llegué muy tarde al lugar en donde extrañaban la tardanza. Mis hermanos espirituales me esperaban para el almuerzo al que nunca pude llegar. Eran las 7.00 de la noche cuando entre a la principal avenida de la pequeña metrópoli. Allí el hijo adolescente del hermano presbítero había tenido un accidente. Su pie derecho se estaba desangrando. En el mismo vehículo llevé al chico al hospital cercano. Después de haber detenido el dolor y la hemorragia de sangre con oración y mucha fe. Me dijo que un viento lo había derribado de la bicicleta y que había sentido como si una varilla se le hubiera enterrado al caerse. El jovencito nunca vio la varilla que pisó.

Allí le aplicaron una inyección antitetánica y curaron su herida. No dormí durante dos largas noches. A los dos días regresé por el mismo lugar. Busque a un viejo amigo de nombre Marden, para que me acompañara por lo menos mientras pasaba del lugar siniestro. Mi amigo se regresó después de dos horas de viaje con otro amigo que venia en caravana a la ciudad que un día hizo parte de la misma obra. Al llegar a la ciudad en donde adelantaba la misión bendije de nuevo el vehículo automotor en el nombre de Jesús de Nazaret antes de entregarlo al real propietario.

Devolví la camioneta a sus antiguos dueños. Les dije: No debe haber negocio. El vendedor me insistió para que me quedara con ella e insinuó que el verdadero propietario me la entregaría a mitad de precio. Seis meses después del suceso Dios y sus ángeles me sacaron del lugar para emprender por orden del cielo: Un nuevo encargo espiritual. Nunca más volví a saber de los vendedores del vehículo y nunca vi el automotor. 성경, 聖書, Βίβλος, 圣经, Bijbel; Bibel, Bible, Библия, 聖經, Bibbia, A Bíblia, Biblia.

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