13 may. 2009

VERDADES CONTRADICTORIAS

Cada vez que leemos el Nuevo Testamento y conocemos más de la vida de Cristo, nos convencemos que realmente es Jesús el verdadero Hijo de Dios. El nos dejó el legado de amor y paz que no hemos sido capaces de sembrar en la sociedad humana de siempre. Al conocer la vida de terrícolas mortales humanos que se nombran dentro del Antiguo Testamento, entendemos que esos no tienen nada que ver con la vida del Maestro Carpintero y menos con el amor y/o proyecto de paz que Jesucristo proclamó y defendió inclusive entregando su vida a los desalmados delincuentes. Afirmar que algunos eran y son del pueblo escogido nos debe obligar a leer, estudiar, analizar y escudriñar cada uno de los textos “sagrados” para entender que varios de los protagonistas no tuvieron nociones del verdadero Dios y se inventaron uno que fue sanguinario y cruel. Posiblemente esos hablaban directamente con Satanás y/o lanzaron al espacio social, normas que salieron de sus propios corazones y caprichos. Lo de ‘nación santa y escogida’ es algo muy diferente y no debe haber un solo asesinato o deseo de matar a otro terrícola dentro de la mente de uno de los humanos seleccionados para la obra excelsa. Si la nación nombrada es escogida como “pueblo santo de Dios”, todos los participantes deben ser ejemplo de pulcritud, rectitud y transparencia. Los escogidos por el verdadero Dios son hombres [mujeres y varones], que defienden la vida y desde su interior detestan la sola idea de matar o asesinar. Desde antes de crearse el mundo, cada galaxia y planeta, el Dios de amor y misericordia inyectó compasión y ternura a toda criatura viviente. Cuestionar la vida de muchos de los mencionados en el “Libro Sagrado”, debe ser una tarea para alguien que busca de Dios y que se nutre de la energía espiritual, directamente tomada del santuario del Rey del Universo.

¿A quien escuchó Moisés? ¿A Dios? ¿A Satanás? o ¿A sus caprichos? Para un Dios bueno: ¿Dónde están los excelsos hombres, entre los muertos asesinados o entre los asesinos? La acción de creer y tener fe, debe ir acompañada de un admirable testimonio. Podemos cometer errores y pecados antes de conocer a Dios pero aunque el hombre se arrepienta de su atropello no siempre verá la luz del Creador. Una vez se conoce a Dios dejamos el pecado y cada error y nos “convertimos” en guardianes del amor y en defensores de la vida con pulcritud y dignidad para todos y todas. El amor de Dios penetra nuestro corazón, mente y espíritu y nos hace criaturas nuevas. Hay un lavado espiritual de cada uno de nuestros órganos y hasta la piel se llena de luz y gozo. El hombre nuevo no comete nunca un pecado más. Para quienes han asesinado y masacrado la vida jamás habrá perdón del Señor de las Alturas. No podemos seguir inventando cuentos chinos porque el martillazo es más fuerte y el golpe más duradero. El escogido desde antes del seno materno está protegido para no cometer asesinatos o errores contra los otros humanos. Debemos admitir que hasta hace poco estamos conociendo del verdadero Dios y de la vida del Maestro Jesús. Creemos estar en un proceso de cambio y arrepentimiento sin haber participado de un solo asesinato. Lamentablemente el mismo proceso ha llegado cuando la vida se está extinguiendo y cuando el cuerpo con sus órganos no responde con la misma velocidad de nuestra juventud. Decimos lamentable porque no hicimos en el pasado lo que teníamos que haber materializado por los designios de Dios. Confesamos que también ayer pecamos. Ya no hay tiempo para sembrar nuevas semillas y escasea la energía amorosa para la cosecha. Si usted lee que en la vida de un varón o una mujer, hay un asesinato o que el mismo o la misma participaron de guerras, matando y asesinando a otros mortales terrícolas humanos, no se deje engañar. A ese no lo podemos llamar santo o santa. Si usted llama santo o santa a una persona asesina, usted también se hace cómplice del asesinato. Los libros y las palabras como el papel, aguantan toda leyenda. Las narraciones abundan por todas partes pero la verdad es eterna e inmutable. Los humanos asesinos se deben sacar de cualquier lista de santidad. Las religiones y las organizaciones terrenales humanas, pueden convertir en santo a un asesino pero sin la voluntad de Dios. De nada vale escribir la vida torcida de un pecador con laureles y lirios sí la verdad ante el Dios vivo y verdadero no se puede ocultar.

Detengámonos en Éxodo 2: “Le tocó ver como un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. 12 Miró a uno y otro lado, y como no viera a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena.” El texto se refiere a Moisés. Afirma sin titubeos que Moisés fue un asesino. El sabía que estaba infringiendo la ley terrenal y la de Dios y por eso escondió el cadáver del muerto. No creemos que un hombre de Dios se convierta en asesino de la noche a la mañana y/o en un abrir y cerrar de ojos. La historia de Moisés empieza con un gran interrogante: ¿Quiere Dios a los asesinos? Relata el texto sagrado que Moisés se casó con una de las hijas de un sacerdote de una tribu cercana al sitio en donde vivía Moisés. Un día “dice la leyenda”, mientras cuidaba las ovejas de su suegro sacerdote Jetró, Dios se le manifestó a través de una zarza ardiendo. “La zarza no se consumía.” Moisés llegó al mundo cuando los israelitas eran esclavos de Egipto y pasaban necesidades. Los hebreos eran discriminados, humillados, explotados y maltratados. El imperio egipcio fue protagonista de injusticias contra los connacionales de Moisés. Ahora vienen nuevos interrogantes: ¿Era Jetró sacerdote de Dios o de una tribu de la región? ¿Se arrepintió Moisés de haber asesinado al egipcio? ¿Jesús de Nazaret vino de esa misma descendencia y ascendencia? ¿No sería Jesucristo el Dios que ni ellos mismos imaginaron y el mismo que siempre desconocieron? ¿Acomodaría alguien con particulares intereses la historia de Jesús el verdadero Hijo de Dios con la historia del pueblo hebreo? Al parecer Moisés se las ingenió para organizar también el grupo de sus propios sacerdotes. Lo cierto es que los sacerdotes de Moisés eran muy diferentes a los otros sacerdotes que ya existían y entre esos estaba un tal Jetró [suegro de Moisés]. Cada pueblo y tribu tenían sus propios sacerdotes pero entre ellos no había una confederación como la conocemos hoy en día. No se reunían con los de las otras tribus sino en forma particular y hasta individual. No todos los sacerdotes de ese tiempo esperaban la llegada de un Mesías. No todos alababan y adoraban al Dios verdadero. Algunos eran brujos, hechiceros y yerbateros. Estos últimos eran de cierta manera médicos que ayudaban a la salud de de los hijos e hijas de la tribu.

En el Capítulo 20 de Éxodo, Moisés lanza la primicia de los 10 Mandamientos. En el Versículo 13, dice “No matar (no mates).” Sin embargo a partir del Capítulo 21, Versículos 12 y siguientes el mismo Moisés afirma que su dios permite el asesinato. Hay allí escritas muchas leyes que son más de mortales terrícolas egoístas y mezquinos que de un verdadero Dios. Podemos leer que ya existían los mismos males y vicios de este siglo aunque no se nombra la cocaína ni el narcotráfico. Creemos que nuestra procedencia espiritual y física no viene del pueblo hebreo. Si de Cristo. No podemos seguir afirmando que “fuimos esclavos en Egipto” porque esa es una gran mentira. Somos distintos entre iguales. Los predicadores fanáticos y quienes usan el evangelio para atemorizar a los incautos creyentes y para robar el diezmo y sus dadivas, deben saber que esas cosas no son del Dios vivo sino de un dios extranjero. De otro planeta o galaxia. Seguramente predicamos al Dios vivo y vivimos con el dios muerto o con el mismo Gran Satán. Supuestamente Moisés sacó al pueblo de la esclavitud del imperio. Con esas normas tan severas y crueles que leemos, los esclavizó de nuevo, convirtiéndose Moisés en igual o peor a los egipcios. Leyes y normas que dejaron huella malsana y secuelas infernales en las mentes de sus generaciones. Las inquisiciones y las injusticias últimas son producto de esos enfermos descendientes. Todavía huele a azufre en algunos lugares del mundo. Nuestra casa puede estar infectada de azufre y no lo sabemos. Jesús el niño carpintero se salvó de nacer entre ellos. Dios envió sobre su madre la Virgen Maria el Espíritu Santo. José no es el papá biológico de Jesús y por fe creemos que es obra de Dios. No hay parentesco humano terrícola entre José y Jesús. Jesucristo es obra de otra y muy elevada naturaleza. Por eso hemos optado por el cambio. Con los mismos hubiera sido imposible sembrar nuevas cosas. Jesús hizo todo nuevo y hasta las conciencias de algunos fueron limpias a su paso. No todos entendieron en su época el gran misterio del carpintero Dios. Ninguno de los 12 escogidos como apóstoles y discípulos pertenecía a la clase clerical. Todos los llamados fueron simples y sencillos humanos terrícolas que estaban entre las clases mas desprotegidas y entre los menos beneficiados.

Conozcamos aquello que cuenta Números 15: “32 Cuando los israelitas estaban en el desierto, vieron a un hombre recogiendo leña un día Sábado. 33 Los que lo encontraron recogiendo leña lo llevaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad. 34 Lo dejaron preso mientras tanto porque no se sabía lo que se haría con él. 35 ‘Entonces Yavé dijo a Moisés: A ese hombre hay que darle muerte. Toda la comunidad le lanzará piedras fuera del campamento’. 36 Toda la comunidad lo llevó fuera del campamento y le dieron muerte lanzándole piedras. Murió tal como Yavé se lo había ordenado a Moisés.” ¿Quien era realmente el dios Yavé a quien obedecía Moisés? No seria más bien la mente de Moisés quien elaboró la norma y de nuevo repitió la hazaña de asesino. Por consiguiente la comunidad se hizo asesina y la sangre del hombre aún cobra su deuda y clama justicia. Con un líder espiritual que autoriza matar a un inocente por recoger leña un sábado no se puede esperar que su congregación sea ejemplar en amor y justicia. Esa fue una comunidad llena de maldad y estaba extraviada. Jesús de Nazaret no usó a los sacerdotes de la época porque todos estaban en pecado. Esos traían en su maldita herencia, sangre inocente derramada por justos a la fuerza. Jesucristo para la misión escogió a muchos que no eran ministros de esas tribus. El Cristo de luz jamás uso la fuerza espiritual de los adoradores del altar de la época porque sabía que esos no eran escogidos por el Padre Dios para el cambio que aún se requiere. Sabemos que muchos de los hombres se limpiaron al unirse a Cristo y con él participaron del fruto del amor. Millones de hombres que traían la carga de pecado hoy cargan con Cristo la cruz y subirán al santo santuario. Creemos que muchos de los falsos sacerdotes se convirtieron a Cristo y su semilla como la del Hijo de Dios, se esparció sobre el orbe y hoy hace parte de la “gran comisión.”

Algunas normas parecieran elaboradas por Moisés y otras como si las hubiera dictado el espíritu de un dios diferente al vivido y enseñado por Jesús. La verdad se pierde cuando nos encontramos con otras reglas que producen desconfianza el actuar y su procedencia. Hubiera sido mejor para el hombre que estaba en el desierto recogiendo leña no haber pertenecido a esa tribu. Aún hoy en día nos debemos retirar inteligentemente de ciertas tribus. Observemos el texto de Deuteronomio 20: “10 Cuando te acerques a una ciudad para sitiarla, le propondrás la paz. 11 Si ella te la acepta y te abre las puertas, toda la gente que en ella se encuentre, salvará su vida. Te pagaran impuestos y te servirán. 12 Si no acepta la paz que tú le propones y te declara la guerra, la sitiarás. 13 Y cuando Yavé, tu Dios, la entregue en tus manos pasaras a cuchillo a todos los varones. 14 pero las mujeres y niños, el ganado y las demás cosas que en ella encuentres, serán tu botín y comerás de los despojos de tus enemigos que Yavé te haya entregado.” Mas adelante el mismo texto escribe: 16 En cambio no dejará a nadie con vida en las ciudades que Yavé te de en herencia, 17 sino que las destruirás conforme a la ley del anatema…”. Fue un pueblo o tribu que se preparó con crueles normas para asesinos y psicópatas. Preferimos ser de Cristo que de esa gente. Una vez más se confirma que se hablaba de otro dios. Ese que daba esas normas era un dios extranjero y estaba equivocado. No era el Dios vivo sino un dios muerto y para muertos vivientes. Ahora entendemos porque los sacerdotes del imperio romano-hebreo nunca fueron de Cristo. Ellos asesinaron con sus gritos y persecuciones apestosas al Cristo de Belem. Los códigos que leemos invitan a oficializar y a legalizar las invasiones. Ninguna invasión es del Dios verdadero. El Dios vivo respeta la autonomía de las ciudades, pueblos y naciones. La autodeterminación y soberanía de los países es entregada por amor por el Dios vivo y verdadero. Los verdaderos sacerdotes de Dios hacen respetar la soberanía de las naciones y pueblos. Dios ama la libertad y creo al mundo y al hombre en libertad y para la libertad. “Hijitos míos: Que nada os haga manchar el espíritu de pecado. Permaneced limpios respetando la sana ley y la perfecta armonía de todos y de todas. Ojo con matar. Si eres un asesino o promotor de asesinatos o masacres no verás la luz del Dios vivo y verdadero.”

Al morir Moisés, cuenta el sagrado Libro, que Josué fue el sucesor del cargo y heredó la misión. Conozcamos algunas de las acciones terribles, demenciales y macabras que ejecutó el sucesor de Moisés. Leamos una sola para no herir la paz que viene de Dios, “la toma de la ciudad de Jericó”, Capítulo 6 de Josué: “20 El pueblo lanzó entonces el grito de guerra y resonó la trompeta. Apenas oyó el pueblo el sonido de la trompeta, lanzó el gran grito de guerra y la muralla se derrumbó. El pueblo entró en la ciudad, cada uno por el lugar que tenía al frente y se apoderaron de la ciudad. 21 Siguiendo el anatema, se masacró a todo lo que vivía en la ciudad: hombres y mujeres, niños y viejos, incluso a los bueyes, corderos y burros.” Nos imaginamos que la muralla de la ciudad era de barro cocido y que no resistió el grito de la cantidad de gente que marchaba a su alrededor. La escena es repelente para los verdaderos hombres de fe. Los seguidores de Cristo no podemos estar de acuerdo con semejante relato. Es de cierta manera esa hazaña y otras de Josué, una brutalidad humana. Josué es un asesino en potencia y su pueblo recibió la voz del asesino y se volvió peor que él. Vemos como la gente obedece a ciegas la orden de un hombre malvado y enfermo. Josué estaba enfermo de la mente no hay otra explicación. El dios de Josué no era el mismo Dios de Jesús, de eso no hay duda. Nos han engañado. Nos han metido liebre por conejo y carne de rata por la de gallina. Jamás el Dios vivo y verdadero puede aceptar como excelso la estrategia extraviada del tal Josué. La forma tan cruel del episodio no la podemos aceptar sana a los ojos de Dios. El Yavé de Josué era otro dios. El dios de Josué estaba extraviado y llevaba azufre. Al parecer era un demonio. No puede ser el mismo Rey del Universo. El Dios vivo y verdadero ama y defiende la vida. Ahora entendemos porque hay ateos y no creyentes. Con esa dosis de historias tan sanguinarias nos quieren convencer que es el mismo Dios ayer, hoy y siempre. No es el mismo ser del que habla Jesús de Nazaret. Hay en Jesús un Dios verdadero que habla de amor y siembra paz. Un Dios que no invade ciudades ni naciones. Un Dios que no hiere con espada física sino con una espada espiritual el pecado. Una cosa es herir y matar el pecado y otra muy diferente matar la vida humana. Del dios de Josué debemos retirarnos y debemos orar profundamente para conocer al verdadero Dios.

Todos podemos estar en el lugar equivocado. Nuestro templo y casa pueden estar metidos dentro del azufre. Si nuestro corazón y mente está infectado de azufre es muy difícil que nuestros sentidos perciban el apestoso olor real del azufre. Debemos purificar nuestra Iglesia de hazañas de muerte y pecado. No debemos apoyar las guerras ni asesinatos vengan de donde provengan. Ningún asesino verá la luz de Dios. Todo grupo armado debe desaparecer de la faz de la tierra. La paz se construye sin militares y sin milicias. Al parecer la palabra “Yavé” no la debemos usar porque podemos estar pronunciando el nombre de una deidad infernal que nos conduce al pecado. La palabra Jehová es mas indicada aunque al nombre de Dios se incline todo ser viviente y rodilla. Los pueblos debemos regresar a Dios. El verdadero y real es Jesús: “Yo soy el camino la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por Mí.”

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